(No sé escribir nada que no viva o haya muerto en mí).
Tengo veintinueve años, una licenciatura inacabada y una pequeña estrella tatuada en mi muñeca izquierda.
Es martes, es invierno todavía y no tengo a nadie con quién envejecer y alguien dijo que esto es lo más triste que le puede pasar a un hombre. Ya ni si quiera me anima la posibilidad de comprarme otra camisa y esto debe ser una señal inequívoca de mi aproximación al apocalìpsis. No quiero ir al campo a pescar, no quiero ver cine de Peckimpam, tampoco quiero beber hasta mañana y por supuesto no quiero escribir.
Esta historia es terrible, ya lo sé, pero ni siquiera me doy pena...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario